Por Fernando Barreiro Cavestany.
El carácter imprevisible de las trayectorias económicas y sociales dentro de las turbulencias de la globalización y de la movilidad generalizada de los recursos, de las relaciones y de los flujos, obliga a la agenda local a posicionarse respecto a los problemas identificados como estratégicos.
Aunque pueda parecer paradójico, el nuevo contexto nos plantea la necesidad de ir más allá de los modelos hoy dominantes de “desarrollo local”. Históricamente habíamos pasado de la idea de la ordenación del territorio o de la planificación regional (según las diferentes tradiciones nacionales) a la idea del desarrollo “endógeno” de los diferentes territorios. El acento fue puesto sobre el dinamismo particular de las ciudades, de las regiones, de las localidades. Se difundieron ideas nuevas: las políticas territoriales debían favorecer la “creación” de recursos y de nueva riqueza y no solamente afectar o redistribuir riquezas ya existentes. Se fue generalizando el concepto de competencia y competitividad territorial. Los territorios pasaban a ser sujetos que competían, de la misma manera que lo hacen las empresas.
El juego entre los territorios, y sobre todo entre las metrópolis y el resto ya no puede plantearse más como un juego de suma cero donde cada uno perdería lo que el otro gana. En una economía abierta, se puede ganar simultáneamente. El desarrollo económico de los territorios aparece menos como el resultado mecánico de una dotación favorable de factores de producción, y más como una red exitosa de actores, públicos y privados, adosados a instituciones inteligentes, portadores de proyectos movilizadores.
El paradigma tradicional del DL, de promover el propio desarrollo, tiene sus límites.
Es evidente que ha producido y continúa produciendo efectos destacados de vitalidad en numerosos territorios, donde los responsables, tanto políticos como económicos y sociales, han entendido que la puesta en valor imaginativa de las potencialidades locales puede mejorar considerablemente la situación de los territorios.
Pero hoy por hoy hay que reconocer los límites de ese modelo de multiplicación de estrategias locales de desarrollo, tantas como localidades y como actores con decisión para promover el propio desarrollo, existan, y todas ellas apoyadas en una suerte de “optimismo localista” aderezado con unas gotas de egoísmo local.
En el DL el localismo es un riesgo. Asistimos a la paradoja de una política cada vez más local en un mundo estructurado por procesos cada vez más globales. El territorio sigue, en muchos casos, produciendo sentido e identidad: mi barrio, mi comunidad, mi ciudad, mi paz, mi entorno. Pero, en este caso, es una identidad defensiva, una identidad de atrincheramiento de aquello conocido contra el carácter impredecible de aquello desconocido e incontrolable.
La competencia a ultranza entre territorios produce vencedores y vencidos. Por ejemplo, las protestas contra las localizaciones indeseadas no son más que una cara de la competencia que se manifiesta entre ciudades y entre los lugares para atraer inversiones productivas y localizaciones de prestigio. Se pugna por obtener localizaciones buenas y para sustraérselas a los demás. Son la expresión de la competencia cada vez más viva entre los ámbitos locales y resultan cada vez menos controlables por las regulaciones a escala estatal.
El carácter reactivo y local de los conflictos territoriales podría dar a pensar que se adecuan a las características de los movimientos que la ciencia política anglosajona bautizó con el acrónimo de NIMBY (not in my back yard – no en mi patio trasero) , es decir aquellos movimientos que con escasa consideración por las implicaciones generales que su acción local conlleva reaccionan de manera negativa ante la radicación en el territorio que consideran propio de equipamientos, infraestructuras o servicios vistos como incómodos, desagradables o peligrosos.
En la mayoría de los casos el conflicto se desencadena por una oposición de origen local a una intervención de orden supralocal que es susceptible de generar externalidades negativas.
Las alternativas para sacar de los conflictos territoriales frutos positivos y duraderos, existen. Requieren estrategias capaces de romper el marco y los horizontes estrictamente locales y vincularse a una perspectiva más general para conseguir un territorio articulado de un modo más sostenible, más eficiente y más equitativo. Y requieren administraciones y fuerzas políticas con voluntad de abrirse y dialogar con los ciudadanos hasta las últimas consecuencias para hacer prevaler el interés colectivo.
Una política renovada de DL debería apuntar a que los territorios sean laboratorios del cambio que se está generando, y muchos de los desafíos estratégicos debieran contar con la contribución de las energías e innovaciones locales (competitividad industrial, transición hacia empleos de servicios, cambio climático, economía relacional, cohesión social, etc.)
La perspectiva local no nos puede hacer perder de vista que hoy estamos delante de un cambio de sociedad y de mundo, donde los flujos y las interdependencias son más claves que nunca para a explicar la dinámica de cualquier territorio. Es la paradoja del “viva lo local y muera el localismo”. Hay que saber responder a las preguntas siguientes: ¿Es el objetivo de creación de riqueza, sostenibilidad y bienestar, la contribución del territorio a los objetivos globales que se juegan en este cambio social? ¿Queremos enmarcar las políticas locales en un marco general? ¿Qué puntos de la agenda mundial y europea podemos asumir más claramente desde el territorio?.
Fragmento del trabajo "Desarrollo local, administración local y vertebración del territorio"



